La actividad internacional del putinismo expresa una gula geopolítica insaciable.
Masacró en Chechenia, forzó la anexión de Crimea, elimina sistemáticamente a sus oponentes, provoca en el Báltico, protege al dictador sirio y ahora apoya al ridículo dictador venezolano.
Con ínfulas neoimperiales, el jerarca del Kremlin ha enviado a Caracas asesores y toneladas de equipo militar.
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La geopolítica moscovita nos coloca en medio de los intentos de Putin por equilibrar el poderío de Estados Unidos incursionando en sus cercanías, una tentativa más por superar la frustración ante la caída del imperio soviético, propia del que fuera agente de la policía estalinista.
Hace unas décadas Moscú acudía al supuesto universalismo de la revolución proletaria para justificar su expansión. Hoy, el totalitarismo comunista muta en autoritarismo nacionalista, apoyado por el conservadurismo homofóbico de la iglesia ortodoxa rusa.
Vieja táctica
La incursión en Venezuela responde a una vieja táctica: “Sondee con la bayoneta, si encuentra acero retírese; si es blando, continúe.”, frase atribuida a Lenin y que expresa el aventurerismo militar del actual jerarca ruso.
Atribulado por infinidad de conflictos en su extranjero cercano –Ucrania, Georgia–, procura perturbar la vecindad de EE. UU. en busca de alguna negociación similar al intercambio de cohetes durante la crisis cubana de 1962.
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Venezuela no es Siria, las líneas de aprovisionamiento serían extensas, el costo de mantener una presencia militar significativa sería muy alto, pero una presencia moderada podría disuadir a Washington de una intervención.
La apuesta es arriesgada, pero el ex KGB es audaz, el experimento promovido desde las orillas del Volga amenaza con sumir a nuestra región en un conflicto de dimensiones incalculables.
Putin, exigimos el regreso de sus soldados a Rusia. No provoque más guerras.